Clientadas

Soy traductor jurado.

(Y alguna cosas más, pero para este post hoy sólo soy traductor jurado.)

 

Al principio todo el asunto me intimidaba un poco, por aquello de poner un sello con mi nombre y firmar un documento que tenía aires de oficial. Tras más de seis años lo intimidatorio se convirtió en cotidiano y ahora lo mismo te juro un documento que te frío un huevo (no). Esa misma sensación intimidatoria me acechaba en el momento del famoso ¿y cuánto te cobro yo por esto? Porque claro, de repente tenías que ponerle precio a tu trabajo y ese precio debía contemplar no solo el trabajo en sí mismo, sino también los impuestos, las cuotas de autónomo, etcétera. Un largo, largo etcétera. Lo mismo: al final, pasados los apuros iniciales al decir tantos euros por esta traducción llegó el momento en que ya hacía presupuestos con los ojos cerrados. Lo normal, vaya.

Pero no, resulta que ni tan normal. Porque siempre está ese cliente que considera que traducir es un oficio menor, algo que se puede hacer con los ojos cerrados y sin pensar; o peor, algo que él mismo podría hacer. Sí, estoy hablando de ese cliente que te pide una FOTOCOPIA DEL CATALÁN AL INGLÉS (true story). También hablo del cliente que no tiene el más mínimo conocimiento del idioma de destino y cuando recibe la traducción considera que el texto ha quedado demasiado largo y te sugiere quitar un par o tres de pronombres, que sino no le encaja (true story, también). Y, cómo no, el que en un arranque de altruismo te pasa un texto ya sólo para revisar, que lo ha traducido una prima suya del pueblo inteligentísima que vivió en Londres durante la friolera de tres semanas (ya no lo repito, pero vamos, que todo esto es real como la vida misma).

Pues bien, con el tipo de cliente más o menos identificado, vamos al tema. Y es que resulta que hoy me han pedido la traducción de una presunta página, así en general, y ya el mismo cliente me ha dicho el precio que yo debía cobrarle, porque resulta que era la tarifa normal, o eso le había dicho alguien que entendía de estos temas. Un alguien que valora mejor que yo los presupuestos de MI trabajo. En fin, que al final el texto tenía cinco páginas. Aunque luego él me ha dicho que no, que eran cuatro. Hemos pasado de una a cuatro y en serio os juro y prometo que tenía cinco (así, sin comas y sin respirar). Seis si cuento la página final en blanco que no, no he incluido en el presupuesto. TOTAL: que la cosa le ha parecido carísima para un trabajo que, y cito textualmente, se hace en media hora y te lo pido a ti porque es jurada, que sino ni eso. Tras procesar sus palabras que, oye, me ha costado, le he intentado explicar muy amablemente en qué consiste mi trabajo y que el tiempo que yo invierta en hacerlo es cosa mía y, en cualquier caso, el justo y necesario, ni más ni menos; también le he comentado que mis tarifas son las que son y que no tengo otras, a diferencia de Groucho. Pues os diré que el rebote que se ha pillado ha sido de traca y que me ha amenazado con hacerse él mismo traductor jurado, que a estos precios cualquiera.

dafuq

Luego ha intentado regatear, pero mi mosqueo y mi estupor eran tales que con toda mi repelencia y mi refinamiento fingido he declinado muy cortésmente su dinero. En realidad sí lo quería y no me habría venido nada mal, pero vaya por delante mi orgullo, que así aprovecho y compro menos pizzas este mes.

En fin… Que qué fantástica esta fiesta del freelance.